La Historia del Camino de Santiago se remonta al siglo IX, hacia el año 813, en que la visión de un eremita llamado Pelayo llega a oídos del obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que tras acudir al lugar descubre una necrópolis en la que se hallan los restos del Apóstol Santiago. Los hechos son transmitidos a su vez al rey astur Alfonso II el Casto que se convierte en el primer peregrino al llegar desde la capital del Reino de Asturias, Oviedo, hasta los restos sagrados. Manda edificar sobre el sepulcro una sencilla iglesia que posteriormente sería demolida por Alfonso III para construir una mayor y más solemne. Nace el culto al Apóstol que se expande por todo el reino astur, dándose paso a la llegada de los primeros peregrinos que se acercan desde los confines del joven Reino, primero siguiendo el Camino Primitivo, desde Oviedo hasta Santiago, y luego por el Camino de la Costa, más transitable y cómodo, fundamentalmente en invierno.
En el siglo X la peregrinación a Compostela era ya un hecho consolidado. Los caminos se llenan de gentes de todos los oficios y clases sociales. A medida que la Reconquista cristiana va ganando terreno frente al Islam va afianzándose la imagen de Santiago como defensor de la cristiandad. A medida que las fronteras con el mundo árabe se desplazan hacia el sur, los caminos seguidos por los peregrinos van tomando las nuevas tierras. Así, el rey navarro Sancho III el Mayor establece en el siglo XI una ruta aprovechando la antigua calzada romana de Astorga a Burdeos por las mesetas navarras y castellanas, dando paso al más transitado de todos los Caminos de Santiago, el Camino Francés, que introducía a peregrinos de toda Europa y con ellos un desarrollo urbano, cultural, demográfico y económico nunca vivido hasta entonces. En el siglo XI se inicia la construcción de una catedral, en estilo románico, que envuelve completamente la anterior construcción que se había quedado pequeña para la afluencia de peregrinos. En 1122 se instituye el Año Santo Compostelano por parte del Papa Calixto II.
Las peregrinaciones se siguen sucediendo extendiéndose los caminos por toda Europa, alcanzando durante los siglos XII y XIII su mayor auge. Desde la reconquistada Andalucía viajan hacia el Santo Lugar los cristianos y mozárabes que hacen suya otra de las calzadas romanas. Nace así la tercera gran ruta de peregrinaje a Compostela, el Camino Mozárabe. También se usaron otras vías más cortas como el Camino Portugués o el Camino Inglés, que era seguido por los insulares británicos que desembarcaban en Coruña. Aprovechando el gran auge en las peregrinaciones, los reyes cristianos, conscientes del papel que desempeña el Camino, construyeron numerosos monasterios, crearon infraestructuras para facilitar el paso a los peregrinos, levantaron puentes, abrieron bosques, construyeron hospitales para su descanso y curación, y crearon burgos de comerciantes que serían el germen de nuevas ciudades nacidas por y para el Camino. El continuo transitar de peregrinos, artesanos, comerciantes... convierte el Camino de Santiago en nexo de unión entre los pueblos del viejo continente, y produce un intercambio cultural, artístico y de ideas que se van moviendo por toda Europa, enriqueciendo a todos y cada uno de sus partícipes.
Durante el siglo XV, y debido a la peste negra, a las continuas guerras y a los cambios en las ideas, el Camino comienza su declive. Las reliquias del Apóstol son escondidas por el temor al saqueo por parte de las tropas inglesas de Drake como venganza por la intervención de la Armada Invencible en costas británicas. Durante el siglo XVII continúan las epidemias y guerras en Europa. Las horas bajas continúan hasta el siglo XIX, en que las peregrinaciones son puramente anecdóticas. Al finalizar dicho siglo, durante unas obras en la catedral compostelana, se recuperan las perdidas reliquias del Apóstol. En la segunda mitad del siglo XX el Camino de Santiago renace, con intereses culturales, artísticos, históricos y hasta deportivos, que resucitan el Camino produciéndose un auge impresionante que se acelera de manera significativa en las últimas décadas.
El Camino de la Costa es, junto al Camino Primitivo, el más antiguo de los Caminos de Santiago. Discurre en las cercanías de la costa cantábrica, al norte del Camino Francés, por las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya, Cantabria y Asturias para adentrarse en Galicia y llegar a Santiago de Compostela. El Camino de la Costa es posiblemente la ruta más en alza en la actualidad. Se desarrolla a partir del siglo XIII, alimentándose tanto de peregrinos que optan por esta vía en el paso de Irún como de aquellos que, procedentes de países europeos del norte, desembarcaban en Bermeo, Bilbao, Castro Urdiales o Laredo. Los caminantes caminaban después cruzando Cantabria en dirección a Asturias. Este camino no presenta la saturación del Camino Francés y es rico en culturas, lenguas y paisajes. Transcurre entre bosques de pinos, eucaliptos, arbolado autóctono, acantilados y paisajes marinos. Se enmarca en un gran patrimonio natural y paisajístico, ya que el recorrido se realiza entre la montaña y el mar y regala al peregrino magníficas vistas que solo pueden disfrutarse en estas tierras. La cornisa cantábrica posee, por otra parte, uno de los más ricos legados de arte rupestre conocidos en Europa. El Camino de la Costa atraviesa muchos de los más importantes puertos y ciudades del norte de la Península Ibérica, algunos de los cuales han tenido o tienen una notable importancia cultural, económica, religiosa y política, origen del rico patrimonio monumental con el que cuenta esta vía.
Entre todas las rutas merece una mención especial el CAMINO DEL SURESTE, una de las rutas históricas más singulares del Camino de Santiago. Su origen se encuentra en las tierras del Levante español, donde confluyen diferentes itinerarios procedentes de Alicante, Valencia y Murcia. Estas rutas, de tradición jacobea mediterránea, se unen en Albacete para continuar juntas atravesando las extensas llanuras manchegas. Posteriormente recorren las provincias de Cuenca, Toledo y Madrid, penetran en la provincia de Ávila por la Venta Juradera, atraviesan la ciudad amurallada y continúan por tierras de Arévalo hasta entrar en la provincia de Valladolid. A partir de ese momento, el Camino del Sureste sigue las históricas vías de comunicación que recorren el oeste de la provincia en dirección al noroeste peninsular. En su recorrido atraviesa las localidades de Honquilana, Ataquines, San Vicente del Palacio, Medina del Campo, Rueda, Tordesillas, Villavieja del Cerro, Vega de Valdetronco, Mota del Marqués, Villardefrades y San Pedro de Latarce, completando un total de 104 kilómetros por territorio vallisoletano. En Medina del Campo el Camino adquiere una especial relevancia, ya que allí surge la ramificación conocida como Camino de Levante, que se dirige hacia Toro y Zamora para enlazar con la Vía de la Plata, también conocida como Camino Mozárabe. Mientras tanto, el trazado principal del Camino del Sureste continúa hacia el noroeste hasta abandonar la provincia por San Pedro de Latarce en dirección a Benavente, donde el peregrino puede continuar por el Camino Sanabrés o dirigirse hacia Astorga para incorporarse al Camino Francés, camino que conduce finalmente hasta Santiago de Compostela. Su menor afluencia de peregrinos permite disfrutar de una experiencia más tranquila y auténtica, favoreciendo el contacto con el patrimonio, la naturaleza y la hospitalidad de los pueblos que mantienen viva la tradición jacobea.
Pero el Camino de Santiago no solo está lleno de historia; también está envuelto en leyendas que han pasado de generación en generación. Una de las más fascinantes sostiene que el Juego de la Oca es mucho más que un simple entretenimiento. Cuenta la tradición que los caballeros templarios, protectores de numerosos peregrinos durante la Edad Media, escondieron en su tablero un mensaje que solo quienes conocían el verdadero significado del Camino eran capaces de interpretar. Según esta antigua leyenda, las ocas marcaban los lugares seguros donde el peregrino encontraba refugio; los puentes simbolizaban el paso hacia una nueva etapa; la posada representaba el descanso; el pozo, las dificultades y el desaliento; el laberinto, las dudas del viajero; y la muerte no era el final, sino el renacimiento espiritual de quien perseveraba hasta alcanzar su destino. La conocida expresión «De oca a oca y tiro porque me toca» adquiriría así un significado completamente distinto: avanzar de refugio en refugio, protegido durante el viaje, hasta llegar a Compostela. No existe ninguna prueba histórica que confirme esta teoría y los especialistas la consideran una hermosa leyenda. Sin embargo, como ocurre con tantas tradiciones del Camino, su fuerza reside en el simbolismo que encierra. Porque el Camino de Santiago, al igual que el tablero del Juego de la Oca, está lleno de decisiones, obstáculos, encuentros y aprendizajes. Cada etapa supone una prueba, cada descanso una oportunidad para recuperar fuerzas y cada compañero de viaje deja una huella imborrable. Quizá por eso, desde hace siglos, se dice que el Camino de Santiago no termina cuando el peregrino contempla las torres de la Catedral de Compostela. El verdadero Camino comienza al regresar a casa, porque quien emprende esta aventura nunca vuelve siendo la misma persona.